Por Juan Carlos Balderas Colunga
10 de enero de 2008
LOS FUMADORES, LA LEY Y LA LÓGICA
4 de enero de 2008
ESPERANZA DE AÑO NUEVO
Por Juan Carlos Balderas Colunga
23 de mayo de 2006
EL COLOR DE LA TIERRA
Quien quita y llueva pa´que nazca parejito
Y si Dios quiere que se de chulo esta vez
Mandas decirme, pa´venirlo a recoger”
Guillermo Velázquez
La Flecha.
Mi papá se cruzó de mojado “al otro lado”, se fue a trabajar a los Estados Unidos cuando yo tenía siete años. Se fue por las mismas razones que se van miles de compatriotas, que ya en aquellos años, vivían una situación económica terriblemente difícil. Recuerdo bien que el día que partió de casa, llevaba un sweater de lana blanca, grueso, para resistir las heladas de ese invierno crudo.
Se fue con su compadre José, mi padrino, que en esa época tenía a su esposa embarazada y a él lo habían alcanzado los recortes de personal en la fábrica de jabones donde trabajaba. Mi papá pasó por algo similar. La mueblería donde trabajó por algunos años quebró, o se cambió de dueño, no sé qué pasó exactamente, pero el caso es que dejó de existir y todos sus trabajadores quedaron sin empleo. Era el segundo trabajo que había tenido mi papá desde que se casó con mi madre ocho años antes. El anterior era como distribuidor de una empresa de botanas que se llamaba Pepe Frico, una empresa que apenas estaba en desarrollo y que, como sucede en el capitalismo, quebró por no poder competir con las grandes empresas con apoyo transnacional. Mi papá vio como opción irse a trabajar a los Estados Unidos.
En ese entonces no se hablaba de reformas migratorias ni de boicots ni protestas. Los gringos recibían más o menos bien a los latinos y su mano de obra barata (más barata que la de los gringos) que emigraban en busca del “sueño americano”. Mi papá también fue en su búsqueda con un éxito a medias en su empleo como camarero del Motel Ramada Inn, en San Antonio, Texas, donde hacía jornadas hasta de 18 horas al día, lavando trastos, haciendo limpieza en general y otros trabajos. No sabía inglés, (hasta la fecha no lo habla), pero el idioma nunca fue problema, porque ya en esos años, el sur de los Estados Unidos estaba habitado por muchísimos hispanos que residían principalmente en los estados de California, Arizona y Texas. Me lo imagino azorado por el tamaño de los edificios y por la agitada vida en aquel lugar donde no hay espacio para la convivencia entre vecinos. Todo es trabajar para ganar dinero y preservar el esquema: acumular-comprar-acumular.
La ventura llevó a mi padre a conocer también San Luis Missouri, lo recuerdo porque, lleno de orgullo, en sus cartas nos mandaba fotos postales con vistas aéreas del Gateway Arch sobre el Río Mississippi y el estadio de beisbol de los Cardenales. Y nos mandaba dólares - que cambiábamos a 12 pesos cada uno - doblados entre las cuartillas de papel que escribía cualquier noche en que añoraba el hogar, ilusionado con un futuro sin carencias para sus entonces, apenas dos hijos y emocionado de vivir en carne propia el “way of life” de los gabachos, desayunando Ham and Eggs en Mc Donald´s, acompañado de una Diet Coke, y escuchando boleros de tríos mexicanos en su radiograbadora Sony.
Pero también, aquella muchedumbre y los altos edificios, aquellos Free Ways con interminables torrentes de autos, hacían más anónimo a mi padre y a todos los que desapercibidos flotaban de aquí para allá en los devenires de las grandes urbes norteamericanas. Esas ciudades enormes que se tragan a la gente, que la engullen en sus calles y avenidas, en contra posición del espíritu provinciano de mi ciudad natal, todavía a principios de los 80´s. Allí donde toda le gente se conocía y se saludaba, donde el aire se respiraba libre de contaminantes y la polución por ruido era inexistente. No era necesario militarizar las fronteras ni levantar muros, símbolos de una mala relación de vecinos.
Que decir de quienes se iban, se van todavía, dejando no solamente a la familia en espera, a los hijos escuálidos y a la esposa cansada y siempre llorosa; sino también a la tierra sin trabajar, seca, que yace cubierta de una palidez sombría, como si estuviera muerta. A veces me pregunto de dónde toma la tierra su color. Pienso que si los pintores quisieran ilustrar una imagen agreste, retratando su gran pobreza, acudirían al color de la piel morena de los hombres, mujeres y niños humildes que la pisan con sus pies descalzos y la riegan con su sudor y su llanto. Creo que ese singular tono proviene de la inocencia infantil que se va impregnando en cada paso, poco a poco hasta agotarse. De los niños que crecen en el campo mexicano, pobre, desesperanzado.
Niños que crecen malcomidos y apenas tienen edad suficiente, se echan una manta al hombro y se van a sufrir abusos de polleros insensibles que les exprimen todo el dinero que pueden y luego los abandonan en mitad del desierto; y se van a padecer hambre y sed y hasta se exponen a ser trofeos de caza de asesinos racistas. Todo por la posibilidad de encontrar del otro lado del Río Bravo, una esperanza de vivir mejor, algo que en su propio país les es negado.
Mi papá volvió unos años más tarde, llegó a casa con muy pocos dólares y su ropa y algunos dulces en una maleta con hoyos por donde se escurrió el sueño americano. Desde entonces conduce un taxi.
EPPUR
SI MUOVE XIV
(y sin embargo se mueve)
Y cuando mi ardiente pecho / Yazga inerme en el túmulo /El cielo será mi lecho / Cerrado de enormes cúmulos.
Y cuando ore una plegaria / Hasta tus oídos llegue /Flexípeda y estrafalaria / O simple murmullo leve.
En tanto anda presurosa /Por do te lleve tu suerte /Con ese desdén de diosa/ Que desafía hasta la muerte
Verás entonces que he sido / Ínclito y febril tonante /Gárrulo de
hablar florido /Tibio beso de un amante.
Cualquier comentario acerca de esta columna, puedes enviarlo al correo electrónico: jcbalderas.urbi@gmail.com
24 de abril de 2006
LA BICICLETA
Pensaba en mi vieja bici, que aunque fue la primera, no es la que me trae mejores recuerdos de mi infancia, sino aquella Vagabundo color verde con letras amarillas, usada antes por uno de mis primos mayores, de quien yo heredaba casi todos sus juguetes. La Vagabundo era característica por tener una rueda delantera muy chica y unos manubrios como cuernos de carnero, eso la hacía diferente y yo me sentía original atravesando veloz las calles empedradas de la ciudad, desde el barrio de Tlaxcala hasta el barrio de Santiago, pasando por el mercado República por el lado donde se ubican los puestos de hierbas que curan de mal de ojo, diuréticas, laxantes y remedios caseros para atraer la suerte, el amor y el dinero.
Ningún lugar mejor para andar en bicicleta como el campo. El aire fresco del medio rural, la tranquilidad característica de las poblaciones pequeñas, todo ese ambiente bucólico en el que se combinan el piar de las aves de corral y el olor a leche fresca por las madrugadas, hacen propicio el uso del invento de Kirk Patrick McMillan, en las tardes cálidas, cuando el sol se despide y la luna se asoma trémula para después mostrar su plenitud que ilumina la noche como una candela.
Así fueron para mí estos días de asueto. Corrí feliz al lado de Anehtzi, que a sus 9 años estaba aprendiendo a andar en bicicleta, en la plazuela de un poblado llamado Estación Obispo, el mismo donde años atrás su mamá, Olivia, cuando tenía la misma edad, también aprendió a usar la bicicleta. En esa ocasión de ejercitarse, Olivia pensaba en mantener fijos los manubrios sin virarlos para dar vuelta y el percance sobrevino contra un limonero que detuvo su inocente carrera. Alguna vez le dije a Olivia que la bicicleta es como la vida, al principio uno se sube y se puede caer, pero hay que levantarse cada vez hasta aprender a andar bien en ella. Después, es más difícil que uno se caiga.
Anehtzi también pasó por lo mismo y quedó huella de su intrepidez en algunos ligeros raspones, que sanaron pronto pero llevan algo de sabiduría. Se me ocurre que subir por primera vez a la bicicleta tiene algo de madurez, es como el principio de una nueva etapa de la vida, como el empezar a caminar o como los polluelos de águilas cuando su madre los suelta a volar. La vida tiene otra perspectiva después de ese paso.
Es un logro que media de manera importante en la formación del carácter, educa en una cultura de esfuerzo. No es gratuito que los pedagogos modernos lo utilicen como analogía formativa en el proceso de enseñanza – aprendizaje, como un sinónimo de aprender y entender. Por todo eso, pero sobre todo porque en la edad adulta, los recuerdos de las infantiles andanzas en los que somos imaginarios quijotes o tripulantes de naves espaciales, nos permiten conservar ilusiones, nos permiten seguir soñando como en la tierna niñez.
Felicidades Anehtzi.
EPPUR
SI MUOVE XII
(y sin embargo se mueve)
Tus manos lo tocan todo / Tocan el cielo y a la misma luna / Es un misterio que de cualquier modo / Llega sublime cual canto de cuna / De lo que nace, lo que termina / Lo que fenece y lo que germina.
Cualquier comentario acerca de esta columna ciclista, puedes enviarlo al correo electrónico: jcbalderas.urbi@gmail.com
20 de abril de 2006
LOS CONSEJOS DE MI MADRE
Mi madre, además de inculcarme su fuerza para enfrentar los escollos de la vida, me enseñó a hacer algunas labores domésticas que mi vida solitaria ha valorado enormemente. Me enseñó a cocinar friendo huevos y papas cortadas en rodajas, me enseñó a remendar mis propios calcetines y a mantener cierto orden en mis cosas. Pero creo que la principal enseñanza fue esa, cuando me advertía sobre cualquier peligro, por minúsculo que éste fuera. ¡Cuidado m´ijo!, me decía con su voz atiplada y su delantal sobrepuesto, que caracteriza a las madres hacendosas del barrio donde vivía a mis ocho años. La imagen es clara, como si fuese reciente.
Debo admitir que a esa edad el consejo no había sido asimilado en la dimensión de su significado más amplio, el que Doña Hermelinda, mi madre quería comunicarme. Esto ocurrió con el tiempo. Le explico, lector.
A mi madre le gustaba que su primogénito –o sea yo- cooperara junto con mi hermana en las actividades del hogar, una forma muy sutil para hacernos comprender que el alimento hay que ganárselo. Cuando venía de la escuela, me tocaba hacerle los mandados a mi mamá. Había que ir al mercado y escoger bien la verdura, el tomate y otros encargos.
–Fíjate que te den el kilo completo de fríjol, porque Don Toño es muy tranza- me decía– y estando frente al tendero me acordaba de aquellas palabras y vigilaba muy bien la pesa y el llenado del cucurucho de periódico que después metía en la bolsa de hilo plástico en la que cargaba el resto de las mercancías. Contaba muy bien los ocho pesos y cincuenta centavos (de aquellos) que debía pagar por el kilo de fríjol Flor de Mayo. Casi siempre, después del mercado, mientras mi mamá guisaba en inolvidables ollas de peltre, aquellos caldos cuyo olor se esparcía por todo el vecindario, me tocaba ir a comprar las tortillas, actividad que disfrutaba porque Doña Lupita, la vendedora, siempre me regalaba una tortilla con sal por la espera en la fila.
En una ocasión cotidiana como esa, no recuerdo el motivo por el cual me distraje cuando estaba a punto de cruzar una transitada avenida. De pronto escuché un grito lejano, lo escuché con el instinto que hay entre madre e hijo, más que con el oído. “¡Cuidado m´ijo!”. Esta vez mi madre me prevenía del automóvil que casi me arrolla, de no ser porque aquel grito me hizo retroceder un paso, lo que fue suficiente para no ser atropellado.
Desde ese día la voz de mi madre se hace presente en mi cabeza cada vez que siento algún peligro, eso me ha ayudado a sortear dificultades grandes y a prever eventuales riesgos. Ahora soy en extremo precavido, y miro hacia la derecha y hacia la izquierda, no solamente para cruzar la calle. Por eso es muy difícil que alguien me haga tonto, por eso mismo intuyo cuando alguien intenta aprovechar alguna condición para sacar ventaja.
En los días recientes he advertido la presencia de ese llamado a la precaución con el que mi madre me anticipaba el peligro. Cierto día de la presente semana, un personaje de la política, aspirante a la presidencia municipal por el PAN, visitó las oficinas donde trabajo con el pretexto de repartir propaganda del candidato a la Presidencia de la República por ese instituto político. Amablemente le rechacé el folleto que mostraba a un Felipe Calderón sonriente, con un semblante de confianza tal vez por la ignorancia de la división que vive el PAN en Sonora. El caso es que el señor que algunos conocen con el mote de “Pilinqui”, se sorprendió cuando le puse de vuelta en su mano la propaganda que me entregaba.
-¿Entonces no vas a votar por nosotros?- me inquirió. Por supuesto que le contesté con una negativa, porque el enorme trabajo que se ha realizado en la presente administración encabezada primero por Gustavo Mendívil Amparán y ahora por Alberto Natanael Guerrero López, no será fácil ya no digamos de superar, sino al menos de igualar. No quiero que mi voto contribuya a que alguien estropee con un populismo mal entendido todo lo avanzado en este lapso, en materia administrativa, en capacitación al personal, en recursos humanos con el trabajo organizativo que se efectuó a través del Instituto Sonorense de Administración Pública (ISAP), pero sobre todo en obras que le dan otra imagen a la ciudad y al municipio en general, como el puente sobre el Río Mayo, como la pavimentación en colonias, la rehabilitación de calles, la recuperación del servicio de agua potable, y una buena lista de etcéteras más.
Escuché a mi madre prevenirme siempre de aprovechados, impíos, crueles, inhumanos, perversos, déspotas, insensibles. Por eso seguiré sus sabios consejos y no me dejaré engañar por candidatos como el que hacía de propagandista aquella mañana. Ni de otros que dicen que convergen en ideas e intereses…
EPPUR
SI MUOVE XI
No era tu voz, eras tú / La que cantaba flores rojas y amarillas / Cantabas las casas, las flores, las nubes / Las estrellas de esta noche /Que son tuyas y son mías.
Cualquier comentario acerca de esta columna precavida, puedes enviarlo al correo electrónico: jcbalderas.urbi@gmail.com Buenos días.