En las instalaciones de Texas, Elon Musk ha vuelto a desplegar los engranajes de la gran maquinaria del espectáculo corporativo. La reciente demostración del prototipo del Tesla Roadster, equipado con propulsores de gas frío (cold-gas thrusters) prestados de la tecnología de SpaceX, cautivó a los titulares del capital financiero global.
La imagen de un vehículo privado despegando brevemente del suelo y suspendiéndose durante unos segundos en el aire fue vendida al mundo como la cúspide del progreso humano. Sin embargo, para la mirada materialista e histórica, el fenómeno dista mucho de ser una hazaña del ingenio social; es, por el contrario, un síntoma depurado de las contradicciones, la irracionalidad y la decadencia del modo de producción capitalista en su fase imperialista.
Desde la perspectiva marxista, toda mercancía posee dos dimensiones fundamentales: el valor de uso y el valor de cambio. El valor de uso de un medio de transporte radica en su capacidad real y objetiva para trasladar personas y sus bienes de forma eficiente, segura y sustentable, satisfaciendo una necesidad biológica y social.
¿Qué necesidad social satisface un deportivo de superlujo que consume volúmenes descomunales de energía para dar "saltos" de unos cuantos segundos sin ocupantes ni certificación alguna? Absolutamente ninguna. Aquí presenciamos el triunfo absoluto del fetiche de la mercancía: la desconexión total entre el producto y la necesidad humana. La mercancía se separa de la utilidad social para transformarse en un tótem ideológico, un símbolo de estatus parasitario y un mero catalizador para la especulación en el mercado de valores.
El conocimiento científico y técnico acumulado (lo que Marx denominó el intelecto general, fruto del trabajo social e histórico de generaciones de ingenieros, matemáticos y obreros) es privatizado y subordinado no a resolver la crisis ambiental, el colapso de la movilidad urbana o el desabasto de vivienda, sino a fabricar juguetes extravagantes para el deleite de la oligarquía global.
Lenin, por su parte, caracterizó al imperialismo no solo como el reparto del mundo entre las potencias, sino como la era del capitalismo monopólico, dominada por la fusión del capital industrial y el capital financiero. (El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)
Tesla no funciona bajo las dinámicas de la libre competencia manufacturera del siglo XIX; es un monopolio cotizado en Wall Street cuya valoración bursátil depende en gran medida de la expectativa, la narrativa y la especulación. Demostraciones como la del "carro volador" no responden a planes reales de producción masiva ni a soluciones integrales de ingeniería, más aún cuando el vehículo carece de marcos regulatorios para operar, sino a la necesidad urgente del capital financiero de sostener infladas las acciones corporativas. Se trata de la valorización del capital mediante el espectáculo: la promesa de un futuro de ciencia ficción financiada con la extracción plusvaliosa del trabajo presente.
Asimismo, la sinergia entre Tesla y SpaceX exhibe la concentración monopólica y la interconexión de la oligarquía corporativa con el complejo industrial y aeroespacial. La tecnología desarrollada bajo subsidios e incentivos estatales no retorna a la sociedad como bien público, sino que retroalimenta la acumulación privada en manos de un puñado de magnates.
Lenin advirtió que una de las tendencias inherentes al capitalismo monopólico es el parasitismo y la descomposición. En una era donde las infraestructuras públicas del transporte masivo en las grandes ciudades y en la periferia global sufren desinversión, donde millones de trabajadores pierden horas de vida en trayectos colapsados por calles en mal estado y donde la crisis climática exige una planificación racional de la energía, el capital destina recursos astronómicos al desarrollo de extravagancias aéreas individuales.
El "carro volador" de Tesla no es el símbolo de un futuro próspero; es la caricatura de la irracionalidad capitalista. Refleja a una clase dominante alienada que proyecta fantasías de evasión espacial y aérea mientras las bases materiales de la sociedad se deterioran.
Frente al espectáculo de la mercancía fetichizada, la tarea histórica sigue siendo la misma: expropiar el intelecto general de las manos del monopolio y poner la ciencia, la tecnología y el trabajo al servicio de la emancipación colectiva.
