18 de febrero de 2020

VENGO


Vengo
De donde el sol sale más temprano
De donde siempre hay una mano
Que porta ramos de rosas
Donde las aves se elevan ansiosas
Con sus cánticos profanos
Donde el tiempo tiene horas
Y minutos como hermanos
Vengo hasta aquí en aventura
Por caminos de fantasmas va mi paso
Y anida bajo mis brazos
La visión de la hermosura.
Vengo a la tierra, al agua, al viento
Al fuego que es mi elemento
Vengo del sol a la luna
Vengo de la tierra al cielo
Vengo a escarbarme consuelo
A estallar vengo en tribuna.
Vengo
Como mucha gente viene
En busca de otras fortunas
Vengo con quien no tiene
Más riqueza que aceitunas
Vengo para no marcharme
Vengo…

18 de enero de 2020

¿QUIÉN PUEDE ROBARSE LA NOCHE?

 
¿Quién puede robarse la noche?
Acaso un minuto de su silencio
Sin un trozo de luna
Ni luciérnagas ni frío.
 
¿Quién puede guardar las estrellas
En un rincón de su bolsillo?
Acaso mapas, signos, huellas
Trozos de piedra inerte, sin brillo
 
¿Quién se atreve a hablar
En nombre del amor?
Acaso de la pasión volátil
Etérea, fugaz
Que no anida en el corazón
Sin en la sangre
 
¿Dónde has dejado tus alas?
En esta noche llena de estrellas
Llévame otra vez a volar a tu cielo
Para habitarlo una eternidad
Volátil, deliciosa y fugaz.




13 de diciembre de 2019

LUPITA

 “Me estremeció la mujer que parió once hijos
en el tiempo de la harina y un kilo de pan
y los miró endurecerse mascando carijos.
Me estremeció porque era mi abuela además”

SRD

El corredor de la casa era un paraíso de helechos verdes y rosadas bugambilias que vivían en macetas de barro adornadas con pequeños espejos que al reflejo de la luz del sol volvían luminosas las baldosas amarillas, excepto en los días de lluvia en que el patio se inundaba en charcos. Por ahí caminaba Lupita, mi abuela menuda y frágil, sin sus anteojos, para poner a hervir el puchero sobre la vieja estufa de petróleo, mientras los gatos de la azotea, hambrientos y perezosos, maullaban un coro disonante.
Mi abuela vivía una nostalgia estremecedora, añoraba la época de oro de sus años juveniles en que ella y su hermana Refugio, “Cuca”, como le decían todos, se emperifollaban en vestidos de tul y se hacían peinados altos como en el retrato en blanco y negro que colgaba en su habitación. Como añoranza de aquella época, en la consola que amueblaba su salita, Antonio Badú entonaba dulces melodías:
“Para siempre, para siempre
para siempre ha quedado en el alma
grabado tu nombre
preciosa mujer”.
Y ella canturreaba para sí misma, para sus secretos y sus recuerdos. A veces, cuando nadie la veía, destrenzando su cabello de canas largas y pensando en el hijo perdido que jamás encontró, derramaba una lágrima que corría entre las arrugas de su rostro moreno. Después parió media docena de hijos, entre ellos a mi madre, en medio de las depresiones económicas que vinieron después de la Segunda Guerra Mundial. Con su fragilidad, Doña Lupita nos inculcó la fuerza de su carácter para sobreponerse a los tiempos difíciles.
Los abuelos no son eternos y, cuando se van, se llevan un cachito de tu corazón, pero te dejan todo el amor que en vida te dieron, las enseñanzas, las risas y lo mejor de ellos.



29 de marzo de 2018

VERÓNICA

Limpia mi rostro como a un Cristo
Desclava esa espina que hay en mi frente
Mi recuerdo limpio guarda eternamente
Guárdalo para saber que existo

Déjame ver en tus ojos el llanto
y con un beso hacerlos escampar,
mi sangre y tus lágrimas sin debelar,
impresas en un blanco manto

Y después de este calvario umbrío
canta la endecha de mi fin opalescente,
de mi nirvánica existencia, fuente,
compendio lacónico del sino mío.

26 de diciembre de 2017

DOÑA JUANA, MI ABUELA

Mi abuela cumpliría años este día. Doña Juana Ávila era una mujer con un carácter dulce y bondadoso, su amor por sus hijos y nietos era infinito, pero también era una mujer de una valentía serena y un tesón enorme.

Desde muy temprano, el olor a naranja inundaba el zaguán de la casona de la colonia San Luis. Mi abuela casi siempre le tomaba ventaja al sol. Cuando el astro aparecía, ella ya había obtenido litros de néctar del cítrico. A veces yo también ayudaba en ese trabajo y siempre era compensado con una de las coloridas gelatinas que se preparaban desde una noche antes.

A ella la recuerdo siempre sonriente, juguetona y traviesa como una niña, con su cabello blanco, ante el metate moliendo chiles y especias para elaborar una sabrosa pasta de mole casero.

Aunque mi memoria la trae ya de avanzada edad, sé que mi abuela fue, en su juventud, una mujer hermosa. Lo sé por el retrato blanco y negro que adornaba la estancia.